Luz Marina en el país del horror

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BOGOTÁ — Mientras camina hacia la Plaza de Bolívar, en el centro de Bogotá, Luz Marina Bernal define la mala suerte como un encuentro inesperado con la fatalidad. Para explicar su idea se imagina a una persona cualquiera en medio de varias adversidades repentinas: atrapada en un tiroteo, embestida por un río desbordado, aplastada por un alud. En los tres casos —concluye— la víctima tenía una cita con la desgracia y no lo sabía.

“El que está de malas puede morir hasta en el accidente más absurdo”, agrega después.

Algo así le sucedió a su abuelo, Donato Parra, un día de 1935. Había venido a la Plaza de Bolívar para vender alimentos traídos de su huerto. De pronto pisó una cáscara de plátano y resbaló. El golpe que se dio en la cabeza fue letal.

Ahora, para visitar la plaza donde murió el abuelo, Luz Marina se va abriendo paso entre policías y soldados. El aumento del pie de fuerza se debe a que mañana, en este lugar, tomará posesión el nuevo presidente de Colombia, Iván Duque.

Luz Marina Bernal confiesa que algunas veces se ha preguntado si su familia vino al mundo signada por la mala suerte. Tras la muerte de Donato, su viuda, Trinidad Lancheros, se empleó en un cañaduzal. Un día, mientras molía caña, la falda se le enredó en una polea y murió triturada por el trapiche.

“Mi madre y mi tía Ana estaban chiquitas cuando perdieron a sus padres en esos accidentes absurdos. En aquella época se usaba que los niños huérfanos fueran criados por sus padrinos de bautizo, así que las dos hermanas crecieron separadas”, explica.

Muchos años después Mercedes Parra, su madre, se casó y tuvo cuatro hijos. Pues bien: Luis Antonio, el mayor, fue raptado cuando apenas tenía seis año

Luz Marina advierte, con aire sombrío, que ella también le ha sumado sucesos trágicos a la cadena de infortunios familiares. El 22 de noviembre de 1981, mientras se dirigía a una clínica para cumplir una cita de control prenatal, fue arrollada por un automóvil. El accidente trajo como consecuencia que, cuando apenas llevaba seis meses de embarazo, diera a luz al segundo de sus cuatro hijos.

Tres meses después el bebé fue diagnosticado con meningitis. Padeció fiebres recurrentes, cayó en estado vegetativo. Aunque los médicos pronosticaron que moriría pronto, sobrevivió. Eso sí: creció con retardo mental y parálisis en el lado derecho del cuerpo. “Un neurólogo me explicó que mi hijo Fair Leonardo llegaría a la adultez con la edad mental de un niño de nueve años”, dice.

Luz Marina se topa con una valla metálica que le impide seguir avanzando. Entonces un policía le informa que, por razones de seguridad, el paso de civiles hacia la Plaza de Bolívar estará restringido hasta después de la posesión del nuevo presidente. En el trayecto de vuelta dice que la muerte de su abuelo puede verse en perspectiva como una señal premonitoria. Por algo la primera tragedia que le incumbe se presentó, precisamente, en una plaza que ha sido morada de gobernantes. Setenta y tres años antes de que su hijo Fair Leonardo Porras Bernal fuera asesinado por el ejército para hacerlo pasar como un guerrillero dado de baja en combate, ya su familia, el poder estatal y la desgracia habían coincidido en un mismo espacio.

“Hay citas que no se buscan ni se pueden evitar”, concluye.

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